viernes, 12 de octubre de 2018

Teoría de las Ventanas Rotas


Teoría de las Ventanas Rotas


En 1969, en la Universidad de Stanford (EEUU), el Prof. Philip Zimpardo realizó un experimento de psicología social. Dejó dos autos abandonados en la calle, dos autos idénticos, la misma marca, modelo y hasta color. Uno lo dejó en el Bronx, por entonces una zona pobre y conflictiva de Nueva York y el otro en Palo Alto, una zona rica y tranquila de California.

Dos autos idénticos abandonados, dos barrios con poblaciones muy diferentes y un equipo de especialistas en psicología social estudiando las conductas de la gente en cada sitio.

Resultó que el auto abandonado en el Bronx comenzó a ser vandalizado en pocas horas. Perdió las llantas, el motor, los espejos, la radio, etc. Todo lo aprovechable se lo llevaron, y lo que no lo destruyeron. En cambio el auto abandonado en Palo Alto se mantuvo intacto.

Es común atribuir a la pobreza las causas del delito, tema en el que coinciden las posiciones ideológicas más conservadoras, (de derecha y de izquierda).
Sin embargo, el experimento en cuestión no finalizó ahí.

Cuando el auto abandonado en el Bronx ya estaba deshecho y el de Palo Alto llevaba una semana impecable, los investigadores rompieron un vidrio del automóvil de Palo Alto. El resultado fue que se desató el mismo proceso que en el Bronx, y el robo, la violencia y el vandalismo redujeron el vehículo al mismo estado que el del barrio pobre.

¿Por qué el vidrio roto en el auto abandonado en un vecindario supuestamente seguro es capaz de disparar todo un proceso delictivo?

Para la teoría de las ventanas rotas –una apreciación en cierta medida geográfica del comportamiento desviado- no se trata, fundamentalmente, de pobreza, sino de la psicología humana y las relaciones sociales. Un vidrio roto en un auto abandonado transmite una idea de deterioro, de desinterés, de despreocupación que va rompiendo códigos de convivencia, como de ausencia de ley, de normas, de reglas, como que vale todo. Cada nuevo ataque que sufre el auto reafirma y multiplica esa idea, hasta que la escalada de actos cada vez peores se vuelve incontenible, desembocando en conductas más violentas.

En experimentos posteriores (James Q. Wilson y George Kelling) desarrollaron la 'teoría de las ventanas rotas', misma que desde un punto de vista criminológico concluye que el delito es mayor en las zonas donde el descuido, la suciedad, el desorden y el maltrato son mayores.

Si se rompe un vidrio de una ventana de un edificio y nadie lo repara, pronto estarán rotos todos los demás. Si una comunidad exhibe signos de deterioro y esto parece no importarle a nadie, entonces allí se generará el delito. Si se cometen 'pequeñas faltas' (estacionarse en lugar prohibido, exceder el límite de velocidad o pasarse una luz roja) y las mismas no son sancionadas, entonces comenzarán faltas mayores y luego delitos cada vez más graves.

Si los parques y otros espacios públicos deteriorados son progresivamente abandonados por la mayoría de la gente (que deja de salir de sus casas por temor a las pandillas), esos mismos espacios abandonados por la gente son progresivamente ocupados por los delincuentes.

En los 80’s Nueva York era una de las ciudades que poseían delitos a diario, con miles de homicidios por año. Su sistema de transporte era el subterráneo, cuyo funcionamiento era más bien desordenado, donde habían incendios casi todos los días, descarrilamientos, retrasos, intenso vandalismo y muchas personas saltando el torniquete para usar el Metro sin pagar un centavo.

El sistema estaba sucio, no prestaba servicio de buena calidad y era un ambiente perfecto para el delito. Cada uno de los 6000 vagones que tenía el subterráneo, en 1984, estaba cubierto de graffiti.

La teoría de las ventanas rotas fue aplicada por primera vez a mediados de la década de los 80 en el metro de Nueva York, el cual se había convertido en el punto más peligroso de la ciudad.  Nueva York era una ciudad peligrosa y el subterráneo reflejaba el estado en el que estaba la conocida “Gran Manzana”. En 1990 la criminalidad subió a los mayores niveles en décadas –con tres mil homicidios ese año-, y justo después inició a decaer velozmente. Así que para finales de la última década del siglo XX, los asesinatos en “La Gran Ciudad” habían descendido en 75%, igualmente que los delitos en el medio de transporte masivo que poseía la metrópolis.

Se comenzó por combatir las pequeñas transgresiones: graffitis deteriorando el lugar, suciedad de las estaciones, ebriedad entre el público, evasiones del pago del pasaje, pequeños robos y desórdenes. Los resultados fueron evidentes. Comenzando por lo pequeño se logró hacer del metro un lugar seguro.

David Gunn fue nombrado jefe del Subterráneo en 1984, recibió el mandato después de llevar al a realidad la teoría de las ventanas rotas, y todo comenzó atacando a los vándalos fanáticos del graffiti. Durante seis años organizó un método para limpiar y repintar cada vagón, con el objetivo no sólo de tener los trenes en perfectas condiciones, sino de desalentar a los muchachos con los aerosoles en mano.

En 1990 la autoridad del tránsito contrató a Willian Bratton, fiel creyente de la teoría de las ventanas rotas, para que fuera jefe de la policía del subterráneo. Bratton tenía la guerra con quienes habían tomado de hábito entrar al transporte sin pagar. Puso policías de civil en las estaciones donde más gente saltaba torniquetes. Los agentes comenzaron a arrestar a cientos de personas que pretendían usar el metro gratis, y entre ellos había armas, drogas y antecedentes penales. Quiso expresar que no tendrían la libertad para viajar sin pagar y así comenzó el orden que redujo, de una manera radical, el delito en el metro.

Posteriormente, en 1994, Rudolph Giuliani, alcalde de Nueva York, basado en la teoría de las ventanas rotas y en la experiencia del metro, impulsó una política de "tolerancia cero". La estrategia consistía en crear comunidades limpias y ordenadas, no permitiendo transgresiones a la ley y a las normas de convivencia urbana. El resultado práctico fue un enorme abatimiento de todos los índices criminales de la ciudad de Nueva York.

viernes, 5 de octubre de 2018

Movimientos sociales: piqueteros, empresas recuperadas y asambleas barriales

Movimientos sociales: piqueteros, empresas recuperadas y asambleas barriales


Los nuevos movimientos sociales en la Argentina reflejaron los esfuerzos de reconstrucción de los lazos sociales a través de nuevas formas de organización, sobre todo en la primera mitad de la década de 2000. 

Los movimientos aquí estudiados se asocian a la llamada "economía social", un espacio público donde el trabajo no se intercambia sólo por remuneraciones monetarias.

La pobreza y el desempleo constituyeron en la época de la crisis el núcleo de deslegitimación del sistema económico, lo que el normal funcionamiento de la economía de mercado no pudo resolver. Como contrapartida, los movimientos sociales obtuvieron buena parte de su legitimidad mostrando, de cara a la sociedad, soluciones originales para la pobreza y el desempleo por fuera del sistema económico institucionalizado.

La respuesta estatal fue desplazar el problema del empleo al ámbito de la política social, mediante la implementación de subsidios masivos a jefes y jefas de hogar desocupados.

Tres movimientos sociales que representaron diferentes respuestas frente al fracaso del sistema político y el desmoronamiento económico de 2001 son los piqueteros, los trabajadores de empresas recuperadas y las asambleas barriales.

1. Los piquetes
Los movimientos de desocupados estaban conformados por varias decenas de grupos que respondían a orientaciones políticas diferentes: algunas se vinculaban con partidos políticos o centrales sindicales; otros privilegiaban su autonomía con respecto a los mismos; otros seguían a líderes populistas. De este modo, una misma denominación, piqueteros, recubre orientaciones muy distintas, más allá de su enorme impacto político y sobre todo mediático.

En esta presencia incidieron, sin duda, sus dimensiones. Según estimaciones de los propios grupos piqueteros, su capacidad de movilización agregada -la de todas las organizaciones que agrupaban a los desocupados- llegó a más de 100.000 personas en todo el país. Sin embargo, esta cifra empalidece frente a los varios millones de desocupados y subocupados, por lo que más que su dimensión, fue la acción misma de los piquetes la que explicó su visibilidad: los cortes de ruta alcanzaron un fuerte efecto político, multiplicado a través de los medios de comunicación.

Aunque algunos grupos piqueteros se limitaban sólo a sostener estos reclamos, otros destinaron los recursos hacia actividades diversas, desarrollando durante varios años acciones de alcance más vasto en las comunidades en las que estaban implantados territorialmente: merenderos y comedores, centros educativos y, sobre todo, emprendimientos productivos en los que volcaban los subsidios y alimentos obtenidos a través de las movilizaciones, como el desarrollo de huertas comunitarias, la venta directa de la producción a través de redes de comercialización alternativas, la elaboración y manufactura artesanal e industrial de productos frutihortícolas, panaderías, tejidos y confecciones artesanales e industriales, entre otras. De este modo, los cortes de ruta constituyeron sólo la punta (mediática) del iceberg de una construcción social mucho más compleja.

La organización de estas actividades económicas adquirió formas autogestionarias y cooperativas. Algunos planteaban enfoques distributivos radicales y rechazaban la generación de ganancia, o bien distribuían estas gananacias entre los productores y sus familias. Aunque esto pueda ser discutible en términos filosóficos, tuvo efectos prácticos considerables sobre la movilización permanente de los piqueteros: si los proyectos productivos autogestionados no generaban condiciones de sustentabilidad económica en el mediano y largo plazo, se reproducían las condiciones para seguir reclamando subsidios y recursos al Estado.

Otros grupos de desocupados, por el contrario, se enfocaban en el desarrollo de proyectos autogestionados sustentables en el tiempo. Un ejemplo fue un grupo piquetero del sur del Gran Buenos Aires que nucleaba una amplia red conformada con familias de desocupados, incluyendo migrantes indígenas provenientes del norte de la provincia de Santa Fe. Centrados en la producción frutihortícola en la zona de quintas que proveen buena parte del consumo de alimentos frescos a la ciudad de Buenos Aires, estos trabajadores buscan desarrollar emprendimientos sustentables, donde la generación de ganancia asegura el mantenimiento y expansión económica de su producción, de modo de alcanzar la independencia de los subsidios oficiales. En relación con este objetivo, la participación en piquetes es un medio de obtención de recursos para los emprendimientos autogestionados, y no un fin en sí mismo.

Aunque entre los distintos grupos piqueteros este debate es incipiente, se constata que todos ellos, incluso los vinculados con partidos políticos, se vuelcan progresivamente al desarrollo de emprendimientos productivos.

2. Los trabajadores de empresas recuperadas
Hacia mediados de los años noventa comenzaron a registrarse movimientos de trabajadores que intentaban reactivar empresas paralizadas, las que presentaban rasgos comunes: habían sido afectadas por la importación (frigoríficos, textiles, tractores, acoplados, metalúrgicas, plásticos, etcétera) y se encontraban en proceso de quiebra, convocatoria de acreedores o abandonadas por los empresarios. Los trabajadores eran acreedores o damnificados, ya que en general la crisis de cada empresa fue precedida por la ruptura de los contratos de trabajo, traducida en disminuciones de sueldos y salarios, pago en vales, etc. La recuperación de las empresas supuso la transición hacia un nuevo régimen jurídico en el que los trabajadores tomaron a su cargo la producción, estableciendo acuerdos con proveedores y/o clientes que les aseguraron un cierto capital de trabajo, y fijaron una retribución mínima para su trabajo.

En la mayoría de las empresas recuperadas se constata en el principio una deserción empresaria, que puede ser parcial o total. Si es parcial, es posible que los anteriores propietarios se mantengan como asociados en la nueva forma jurídica que adopte la empresa. Estas formas son variadas, aunque entre ellas prevalecen las cooperativas, pero también figuras más tradicionales como la participación accionaria en sociedades anónimas. En cualquiera de estas formas los trabajadores deben tomar a su cargo la gestión, por lo que deben redefinir su rol dependiente y subordinado en el contrato y la organización del trabajo.

En la crisis económica de 2001, la recuperación de empresas fue percibida como una respuesta adecuada para sostener los esfuerzos productivos de la sociedad.

Los trabajadores que recuperaron empresas replantearon la jerarquía relativa del derecho al trabajo y de la propiedad privada. Frente a los valores de la sociedad mercantil que privilegian el derecho de propiedad, los trabajadores erigen como central el derecho al trabajo. Anteponen la necesidad de preservar las fuentes de trabajo frente a las rutinas de quiebra y liquidación de bienes productivos que prevalecen en el derecho mercantil.

Unas pocas empresas -alrededor de 150- dispersas en el territorio, diversas por sus actividades y por las tradiciones políticas de los diez mil trabajadores que agrupan, pusieron en cuestión el conjunto del sistema de relaciones laborales. Al asumir la autogestión en unas pocas empresas, los trabajadores cerraron el juego a una carta muy importante para los empresarios en la negociación colectiva: éstos ya no podían apelar al cierre del establecimiento como instrumento de presión sobre los trabajadores, quienes, ante la amenaza, podían contestar ahora con la posibilidad de ocupar y autogestionar las empresas en dificultades. De allí que no cabe medir la fuerza del movimiento de empresas recuperadas exclusivamente en términos de su dimensión -reducida- sino en términos de sus efectos culturales, políticos y sociales más amplios.

3. Las asambleas barriales
La respuesta más novedosa de quienes optaron por la voz y la protesta ante el colapso institucional de 2001 fue la de quienes organizaron espontáneamente las asambleas barriales en Buenos Aires, en varios partidos del conurbano y en ciudades del interior del país como La Plata, Mar del Plata, Rosario y Córdoba.

Las asambleas barriales expresaron las capacidades de autoorganización de la sociedad, de construir y regenerar lazos sociales, que no fueron reconocidas en la cúspide del sistema político, donde se las entendió como un factor de inestabilidad por su capacidad de controlarlas o canalizarlas en los aparatos políticos. Estas nuevas formas de apropiación del espacio público ciudadano, impulsadas por la utopía de realización de una democracia directa (la decisión directa de los ciudadanos sobre las medidas a tomar), cuestionaron las formas de representación de la democracia delegativa (la elección de representantes, como en el actual sistema político).

Las nuevas modalidades de protesta social propusieron otras formas de ocupación del espacio público y también de acceso a los servicios públicos. En las asambleas barriales las medidas de acción directa y de reclamo a los poderes públicos se combinaron y se establecieron en tensión con cuestiones y necesidades locales, como las vinculadas con la provisión de insumos para los hospitales, con compras comunitarias o con la creación de huertas orgánicas, pequeños emprendimientos y bolsas de trabajo para desocupados.

Las asambleas barriales fueron generando emprendimientos productivos autónomos y apuntaron a intervenir en el plano económico y social, a través del desarrollo de experiencias de una nueva economía, que buscó nuevas respuestas para resolver la crisis de los sistemas educativo, de salud, etcétera. Aportaron un factor importante para el desarrollo de la economía social y solidaria: la politización de la esfera de la reproducción social, del consumo y la distribución de bienes y servicios, factor presente también en las empresas recuperadas por sus trabajadores y en las actividades de los grupos piqueteros.

*Adaptado de: Palomino, Héctor: Los Movimientos Sociales (2004)

Crisis de representación

Crisis de Representación


En 2001 Argentina atravesaba la crisis económica y política más importante de su historia. El quiebre del tejido social, la desesperanza y la crisis de representatividad política hicieron tambalear al sistema democrático y miles de personas salieron a las calles a manifestarse contra un sistema que arrojaba al pueblo a la miseria y la desocupación.

Crecía la imagen del presidente De la Rúa como incapaz,  inoperante y "gagá". La Alianza (una coalición electoral encabezada por el radicalismo) se había presentado como lo opuesto a la corrupción menemista en las elecciones presidenciales de 1999. Sin embargo, su imagen se deterioró después de la renuncia del vicepresidente "Chacho" Álvarez por un escándalo de coimas en el Senado. Lo que es peor, la política económica de De la Rúa era fundamentalmente una continuación de la de Menem, con lo que siguieron aumentando la desocupación, pobreza e indigencia.

El 25% de la población activa estaba desocupada o subocupada; la economía, en recesión desde 1998, había caído un 14% hasta el 2001; la pobreza superaba el 35%; el gobierno ya no conseguía financiamiento para hacer frente a los intereses de una enorme deuda externa (180 mil millones) que había crecido como bola de nieve desde la dictadura y se sucedían los negociados como el “Blindaje” (nos endeudamos por 40 mil millones para que nos sigan prestando plata) o el “Megacanje” (nos patean vencimientos de deudas pero nos endeudamos 55 mil millones más). La política de déficit cero fracasaba por la caída abrupta del consumo y el menor ingreso fiscal. La ministra de Trabajo, Patricia Bullrich, recortó 13% las jubilaciones y los salarios de estatales como medida de ajuste más recordada.
                     
La elección legislativa de 2001 se caracterizó por el llamado “voto bronca”, a través del cual una buena parte de la ciudadanía manifestó su enojo con la clase política, en general, y con el gobierno de De la Rúa en particular. Durante la campaña electoral, los medios de prensa y algunas organizaciones ciudadanas convocaron a la abstención, al voto en blanco o a la anulación del voto. Sumando los electores que se abstuvieron de votar y aquellos que votaron en blanco o anularon su voto, el 43% del electorado habilitado para votar manifestó su repudio no sólo al gobierno, sino al resto de las fuerzas políticas. Esta conducta electoral era una manifestación contundente de la crisis de representación y contribuyó, sin duda, a disminuir la legitimidad de las autoridades elegidas. La ciudadanía desconfiaba de los partidos políticos (peronismo y radicalismo eran vistos como corruptos y responsables de la situación económica) y de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, percibidos como igualmente pervertidos e incapaces.

"No me convence ningún tipo de política
Ni el demócrata ni el fascista
¿Por qué me tocó ser así?
Ni siquiera anarquista
-"El Revelde", La Renga

Después de la derrota electoral, la credibilidad del gobierno de De la Rúa prácticamente había desaparecido. La situación económica se deterioraba día a día. Durante la última semana de noviembre de 2001, más de mil millones de dólares fueron sacados de los bancos por los ahorristas. 

En esa situación, algunos bancos comunicaron al gobierno que no resistirían la corrida. El 1 de diciembre, De la Rúa y su entonces ministro de Economía y autor de la convertibilidad, Domingo Cavallo, anunciaron el “Corralito” que limitó las extracciones de dinero a $ 250 semanales para evitar la fuga de capitales y el colapso bancario.

Esta medida resultó ser mucho más impopular que una devaluación y causó una furia popular, expresada con cacerolazos masivos. La ciudadanía no sólo condenaba a la clase política y sus malas decisiones, sino que puso en jaque al propio Congreso y a la Corte Suprema de Justicia.

La protesta más fuerte fue la del 19 de diciembre, cuando De la Rúa, mediante un discurso, declaró el estado de sitio (la suspensión de las garantías constitucionales, como el derecho a reunión y manifestación), lo que aumentó el malestar. Apenas terminó la emisión del discurso, la gente salió de sus casas a golpear cacerolas. La gente comenzó a reunirse en las esquinas y espontáneamente comenzaron a caminar rumbo al centro. Un gran cacerolazo había comenzado. A la madrugada la Plaza de Mayo se había llenado de gente que coreaba una consigna: “¡Que se vayan todos!”

Otro importante elemento de desestabilización fue la ola de saqueos (robos masivos a supermercados, asaltos a camiones en la ruta, robos en comercios) de diciembre de 2001, frecuentemente atribuidos -por lo menos en parte- a las patotas del PJ bonaerense de Duhalde.

El día 20 se desarrollaban marchas en la Capital y las fuerzas policiales reprimían duramente a los manifestantes, causando 39 muertes en esos dos días. Mientras esto sucedía el gobierno decidió la renuncia del ministro Cavallo. Al atardecer de aquel día, el Presidente se dirigió otra vez a la sociedad a través de la cadena nacional para dar a conocer su renuncia. Pocos minutos después, la televisión transmitía la huida de De la Rúa desde la terraza de la casa de gobierno a bordo de un helicóptero.

Hundidos en la crisis, más de la mitad de los argentinos cayeron en la pobreza y el desempleo alcanzó al 24% de la población. Esto desató motines urbanos, sobre todo en Buenos Aires, pero también en Córdoba y en Rosario.

Luego de la renuncia de De la Rúa, y después del paso de Puerta, Rodríguez Saa y Caamaño por la presidencia, fue Eduardo Duhalde quien se hizo cargo del gobierno. Desde enero de 2002 la economía comenzó a reactivarse gracias a la devaluación (se derogó la ley de convertibilidad en enero de 2002), que abarató la producción e hizo subir los precios de las materias primas.

Pero la represión, seguida de muerte, encargada por el Ejecutivo contra manifestantes –con los asesinatos de Kosteki y Santillán- en el puente Pueyrredón, protagonizó la llamada Masacre de Avellaneda, que obligó a Duhalde a llamar a elecciones precipitadamente. En mayo de 2003 Néstor Kirchner llegaba a la presidencia.



viernes, 14 de septiembre de 2018

Howard Becker: "Outsiders (marginales)" (1963)

Howard Becker – “Outsiders” (marginales) (1963) Caps. 1 y 2.



Cap. 1
Todos los grupos sociales establecen reglas que definen las situaciones y comportamientos considerados apropiados, diferenciando las acciones correctas de las equivocadas y prohibidas. Cuando la regla debe ser aplicada, es posible que el supuesto infractor sea visto como una persona especial, un outsider, un marginal. Pero la persona etiquetada como outsider quizá no acepte las reglas por las que está siendo juzgada. El grado de marginalidad de una persona depende de cada caso. Alguien que comete una infracción de tránsito o bebe de más en una fiesta no nos parece demasiado diferente a nosotros mismos. El ladrón ya nos parece menos semejante a nosotros y lo castigamos. Para Becker, los crímenes como asesinato o violación nos hacen ver al infractor como un verdadero marginal.

Definiciones de la desviación
Nuestro primer problema es construir una definición de desviación. La visión más simplista de la desviación es esencialmente estadística, y define como desviado todo aquello que se aparta demasiado del promedio. Ser zurdo o pelirrojo podría ser considerado una desviación. La definición estadística de la desviación está totalmente alejada de la preocupación por la violación a la norma. La homosexualidad era considerada una enfermedad porque la norma social es la heterosexualidad. La metáfora médica limita nuestra visión tanto como el enfoque estadístico. Acepta el juicio lego (no experto) de que algo es desviado y, por analogía, sitúa su origen en el interior del individuo, impidiendo de esa manera que podamos analizar ese juicio mismo, ese etiquetamiento, como parte crucial del fenómeno.

En la práctica es muy difícil discriminar lo que es funcional de lo que es disfuncional para una sociedad o grupo social. También deberían ser consideradas como políticas las decisiones acerca de qué leyes hay que aplicar, qué comportamientos se considerarán desviados y quiénes deben ser etiquetados como marginales. Al ignorar el aspecto político del fenómeno, la visión funcional de la desviación también limita nuestra comprensión.

Otra de las perspectivas sociológicas es más relativista. Define la desviación como el fracaso a la hora de obedecer las normas grupales. Una vez que las reglas son explicadas a sus miembros, podemos señalar si una persona las ha violado y es, por lo tanto, un desviado. Esta visión es más cercana a la de Becker. Una sociedad está integrada por muchos grupos, cada uno de los cuales tiene su propio conjunto de reglas, y la gente pertenece a muchos grupos simultáneamente. Una persona puede romper las reglas de un grupo por el simple hecho de atenerse a las reglas de otro. ¿Es entonces una persona desviada?

La desviación y la respuesta de los otros
La visión sociológica define la desviación como la infracción a un tipo de norma acordada. Luego se pregunta quién rompe las normas, y pasa a indagar, en su personalidad y situaciones de vida, las razones que puedan explicar dichas conductas. Esto implica presumir que quienes violan una norma constituyen una categoría homogénea, pues han cometido el mismo acto desviado. Para Becker esta presunción ignora el hecho central: la desviación es creada por la sociedad. No se refiere a lo que se pueden llamar “factores sociales”, sino a que los grupos sociales crean la desviación al establecer las normas cuya infracción constituye una desviación y al aplicar esas normas a personas las etiquetan como marginales. Es desviado quien ha sido exitosamente etiquetado como tal, y el comportamiento desviado es el que la gente etiqueta como tal. La desviación es una consecuencia de la respuesta de los otros a las acciones de una persona. Algunas personas pueden llevar la etiqueta de desviados sin haber violado ninguna norma, puesto que el proceso de etiquetamiento no es infalible. Al mismo tiempo, muchos infractores pasan inadvertidos y por lo tanto no son incluidos en la población de desviados. ¿Qué tienen en común quienes llevan el rótulo de la desviación? Fundamentalmente, que comparten ese rótulo.

Que un acto sea desviado depende de la forma en la que las demás personas reaccionan ante él. El grado en el que un acto será tratado como desviado depende también de quién lo comete y de quién se siente perjudicado por él. Las reglas suelen ser aplicadas con más fuerza sobre ciertas personas que sobre otras. Los procesos legales contra jócenes de clase media no llegan tan lejos como los procesos de jóvenes de barrios pobres, dice Becker. Cuando es detenido, es menos probable que el joven de clase media sea llevado hasta la estación de policía, menos que sea fichado, menos que sea condenado y sentenciado. Lo mismo en los casos de delitos cometidos por empresas. Algo similar sucede con el caso de las relaciones sexuales ilícitas: el padre soltero suele escapar a la severa censura que cae sobre la madre soltera. La desviación no es simplemente una cualidad presente en determinados tipos de comportamientos y ausente en otros. El mismo comportamiento puede ser un delito cuando es cometido por ciertas personas, como el caso de los boxeadores y el uso de la fuerza. La desviación no es una cualidad propia del comportamiento, sino de la interacción entre la persona que actúa y aquellos que reaccionan a su accionar.

¿Las reglas de quién?
Desde el punto de vista de quienes son etiquetados como desviados, los “marginales” pueden ser las personas que hacen las reglas. Las reglas sociales son la creación de grupos sociales específicos. Las sociedades modernas no son organizaciones simples en las que hay concenso acerca de cuáles son las reglas. Por ejemplo, los inmigrantes italianos que siguieron fabricando vino para ellos mismos y sus amigos durante los años en los que el alcohol estuvo prohibido en EEUU se estaban comportando de acuerdo a los estándares de la colectividad italiana, pero estaban violando las leyes de su nuevo país. El delincuente de clase baja que pelea por su “territorio” está haciendo lo que considera necesario y justo, pero los trabajadores sociales y la policía no lo ven de la misma manera. Aunque puede argumentarse que muchas o la mayoría de las normas suscitan el concenso generalizado de la sociedad, la investigación empírica de cierta norma suele relevar actitudes muy variadas en la gente. La persona puede sentir que la juzgan de acuerdo a normas que fueron dictadas sin su consentimiento, reglas que le son impuestas desde afuera por marginales, como puede ser, por ejemplo, la prohibición de hacer fotocopias o de copiar DVDs. Igualmente, las reglas que deben seguir los jóvenes son hechas por los adultos, como las de asistencia a clase o comportamiento sexual. La diferencia en la capacidad de establecer reglas y de imponerlas a los otros responde a diferencias de poder. Esta última apreciación de Becker es casi igual a la definición de “poder” de Weber.

Cap. 2
Del entrecruzamiento entre los comportamientos y la reacciones se desprenden cuatro conductas:

Comportamiento obediente
Comportamiento que rompe la regla
Percibido como desviación
Falsa acusación
Desviado puro
No percibido como desviación
Conducta conforme
Desviado secreto
En la desviación secreta se ha cometido un acto incorrecto pero nadie lo advierte o nadie reacciona frente a él. Becker pone el ejemplo del fetichismo: tuvo ocasión de ver el catálogo de un traficante de fotos pornográficas para fetichistas. El catálogo no contenía fotos de desnudos ni de actos sexuales, sino cientas de fotos de muchachas en camisas de fuerza, o con botas de cuero o látigos o que se daban nalgadas. Similarmente, muchos homosexuales logran mantener en secreto su desviación frente a sus allegados heterosexuales, y muchos consumidores de drogas logran ocultar su adicción.

Modelos de desviación simultáneos y secuenciales
Casi todas las investigaciones sobre desviación se ocupan de cuestiones que surgen de concebirla como algo patológico, que intentan descubrir las causas del comportamiento indeseado. Según este modelo, un estudio sobre la delincuencia juvenil intentaría descubrir si los factores que la generan son el coeficiente intelectual, la zona en la que viven, el hogar del que proceden o una combinación de éstos u otros.

Pero para Becker no todos los factores actúan al mismo tiempo, y es necesario un modelo que tenga en cuenta que los patrones se desarrollan en una secuencia: cambios en el comportamiento del individuo. Cada una de estas etapas necesita ser explicada, y lo que puede operar como causa en una etapa de la secuencia puede ser irrelevante en otra. Puede hablarse de una carrera de la desviación. Este concepto fue elaborado originalmente para estudiar trayectorias ocupacionales.

La carrera del desviado
La mayoría de las veces, el primer paso de una carrera en la desviación es la comisión de un acto de inconformismo, un acto que rompe con un conjunto de normas. La gente generalmente piensa que estos primeros actos son intencionales, pero a veces se deben al simple desconocimiento de la existencia de la norma (como Pocho La Pantera, que no s bía que ser proxeneta es ilegal) o de que sea aplicable esa norma a ese hecho en particular. ¿Por qué la persona no sabe que su accionar es indebido? Las personas involucradas en una subcultura, como algunas étnicas, pueden ignorar las normas.

Pero yendo los casos de inconformismo intencional, Becker encuentra limitaciones en las teorías psicológicas y en la sociología de Merton: Becker dice que no hay razones para presuponer que sólo quienes finalmente se desvían de la norma tienen de verdad el impulso de hacerlo. Es mucho más probable que la mayoría de la gente tenga impulsos desviados todo el tiempo. Al menos en sus fantasías, la gente es mucho más desviada de lo que parece. En vez de preguntarnos por qué quienes se desvían de la norma hacen cosas reprobables, uno debería preguntarse por qué la gente convencional no lleva a la práctica sus impulsos desviados. Posiblemente porque existe un proceso de compromiso a través cual la persona normal se involucra progresivamente con las instituciones y las formas de conducta apropiadas (la socialización de la que hablan Berger y Luckman), que son externas a ellos. El individuo siente que debe adherir a ciertas líneas de comportamiento. El joven de clase media no abandonará la escuela porque la necesita para posicionarse en el mercado de trabajo, y el individuo convencional no se interesará por las drogas por el riesgo que representan para su reputación, su familia o su trabajo.

Sin embargo, es posible que durante su crecimiento la persona de alguna manera haya logrado evitar hacer alianzas con la sociedad convencional y quede en libertad de seguir sus impulsos, como puede ser el caso de quienes no tienen una reputación que cuidar o empleos fijos. Otros autores han sugerido que los delincuentes suelen tener un fuerte impulso por ajustarse a la ley, pero que utilizan técnicas para acallarlo. Por ejemplo, pensar que no son los responsables de sus actos desviados, que se vieron impulsados contra su voluntad por ciertas situaciones, por lo que la desaprobación de sí mismo o de los demás deja de tener la misma influencia. Otra técnica se centra en la ofensa o el daño que implica el acto delictivo. Pueden considerar que el robo de un auto es una especie de “préstamo”, que las luchas entre bandas son peleas privadas o que los ajustes de cuentas son venganzas y castigos justos.

A Becker no le interesan tanto las personas que se devían de la norma una vez o de manera ocasional, sino aquellos que mantienen un patrón de comportamiento desviado. Uno de los mecanismos por los que se pasan a patrones sostenidos de conductas desviadas es el desarrollo de motivos e intereses desviados. El individuo aprende a participar en una subcultura organizada alrededor de una actividad desviada.

Uno de los pasos más cruciales en el proceso de construcción de un patrón estable de comportamiento desviado quizá sea la experiencia de haber sido identificado y etiquetado públicamente como desviado. El individuo puede así catalogarse a sí mismo como desviado e incluso castigarse de alguna manera por lo que hizo. Incluso es posible que quiera que lo atrapen. El efecto más importante del etiquetamiento es el cambio drástico que se produce en la identidad pública del individuo, que le confiere un nuevo estatus, convirtiéndolo en una persona diferente y que es tratada acorde a eso. Existe un estatus maestro, que supera a los demás y tiene primacía, y un estatus subordinado. El hecho de ser médico o de pertenecer a la clase media no impedirán, en una sociedad racista, que el negro sea tratado primero como negro y luego de acuerdo a lo demás. El estatus de desviado es un estatus maestro: la persona primero será identificada como desviada antes que otra cosa. La gente se preguntará “¿qué clase de persona rompería una regla tan importante?, respondiéndose –Alguien diferente a nosotros, alguien que no quiere actuar como un ser moral.” Tratar a un individuo como si fuese un desviado en general, y no una persona con una desviación específica, tiene el efecto de producir una profecía autocumplida: una vez que la persona ha sido identificada como desviada, tiende a ser aislada de las actividades más convencionales. Por supuesto, no todos los que son atrapados en la comisión de un acto desviado y etiquetados como desviados avanzan hacia formas más acentuadas de desviación.

En el caso de los adictos, algunos estudios han demostrado que con frecuencia intentan curarse para demostrar a los demás que en realidad no son tan malos como se piensa. Cuando logran dejar con éxito su adicción, descubren que la gente sigue tratándolos como si fuesen adictos.


El último escalón en la carrera de un desviado es integrarse a un grupo desviado organizado. El impacto sobre la imagen que tiene de sí es muy fuerte. Cita el ejemplo de una drogadicta que se dio cuenta de que no tenía amigos que no fueran drogadictos. Los miembros de un grupo desviados tienen algo en común: su desviación, que les hace sentir que comparten un destino, que van en el mismo barco. De ese sentimiento surge una subcultura, un conjunto de puntos de vista sobre el mundo. Los grupos desviados tienden a racionalizar mucho su posición, llegando en ocasiones a elaborar una complicada justificación histórica, legal y psicológica para su accionar, como, por ejemplo, los libros que han formado una filosofía funcional para el homosexual activo que le explica por qué es como es y por qué está bien que sea así. Se trata de una justificación para neutralizar los sentimientos que los desviados puedan sentir contra sí mismos. Le brinda al individuo los argumentos para continuar la línea de acción que han tomado. Por otra parte, cuando una persona entra en un grupo desviado, aprende a llevar a cabo sus actividades desviadas con un mínimo de obstáculos, puesto que otros desviados más experimentados se lo facilitan. Así, al ingresar en un grupo desviado organizado, es más probable que el individuo continúe por el camino de su desviación, puesto que ha aprendido a evitarse problemas y ha incorporado una lógica que no se lo reprocha.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Robert Merton: "Estructura Social y Anomia" (1938)

Robert Merton: “Estructura Social y Anomia” (1938)


Se entiende por anomia una condición en la que la sociedad tiene dificultades para guiar moralmente a los individuos, y en la que los vínculos sociales entre las personas y la comunidad se encuentran debilitados. La anomia frecuentemente implica una separación, una dislocación entre los estándares individuales y los de la sociedad (lo que entendemos por el concepto de “hechos sociales” de Durkheim). El debilitamiento de la ética social dificulta la regulación de los comportamientos.

En el ensayo “Estructura Social y Anomia”, de 1938, del sociólogo estadounidense Robert Merton, se analiza de una forma sistemática la desviación social, explicando conductas “anormales” como la delincuencia, el suicidio, el crimen y las anomalías psicológicas, entre otras. Hacia fines del siglo XIX, en el pensamiento de Durkheim la anomia se había pensado de dos maneras. Por un lado, en la obra “La División del Trabajo Social” aparecía como falta de reglamentación, como un fenómeno producido por los cambios excesivamente rápidos ocasionados por la industrialización que se vería agravado por el progresivo debilitamiento de la conciencia colectiva. Por otra parte, en “El suicidio”, la anomia es fundamentalmente un problema de regulación, de falta de límites. Dado que sin controles impuestos socialmente, las pasiones y los deseos se desatan, la única manera de evitar la impaciencia, la insatisfacción y el malestar del infinito, como denomina también a la anomia, es a través de los frenos y límites impuestos socialmente. Esta segunda acepción de la anomia se refiere, entonces, no a que no existan normas y reglas, sino a que no se cumplen, a que no tienen vigencia en la vida cotidiana, tanto porque la sociedad es incapaz de vigilar y exigir su cumplimiento, como porque los individuos las desconocen o no las aceptan. Teniendo en cuenta esta ambigüedad en la obra de Durkheim, Merton no sólo amplió la concepción como tal de anomia, sino también su función social como herramienta para explicar el conflicto y el orden social de una forma mas extensa que la que había hecho Durkheim cuarenta años antes.

Para Merton la anomia es una especie de quiebra de la estructura cultural, que tiene lugar cuando hay una separación grave entre las normas y los objetivos de una cultura, y las capacidades o el compromiso de los individuos por obrar de acuerdo con aquéllos. Además, sostiene que la probabilidad de caer en la anomia difiere entre los individuos debido a la estructura social donde conviven, haciendo a unos más propensos y con más posibilidades de caer en un estado de anomia, que según Merton es característico de los estratos más bajos de la sociedad, donde las posibilidades para acceder a los fines prescriptos por la cultura y la sociedad en general son escasos. De esta manera, las personas de menores recursos, sin poder encontrar los medios (el trabajo, la empresa, etc.) para los fines culturalmente impuestos (en la sociedad norteamericana del siglo XX en la que vivió Merton, hacer dinero), serían más propensas a -si quieren cumplir con dicho objetivo- buscar soluciones alternativas (y no necesariamente legales) para llegar a la meta de éxito material.

Ahora bien, esta situación anómica es típica de la sociedad norteamericana y afecta a todas sus instituciones, grupos e individuos. Todos son incitados -desde el hogar, frecuentemente en las iglesias protestantes, en la escuela, el trabajo, los medios de comunicación, etc.- a cumplir sin claudicación el “Sueño Norteamericano”, la consigna ideológica y el mito de la igualdad y el éxito económico para todos. Para alcanzar la cima (los símbolos de status: la casa en los suburbios, el auto que enceran el fin de semana, etc.) sólo sería cuestión de perseverar y trabajar duro; el fracaso se debe únicamente a la falta de esfuerzo o a defectos del individuo.

Sin embargo, en la práctica social cotidiana la realidad se presenta completamente diferente. Las oportunidades (el acceso a los medios económicos, la educación, la ocupación y demás, necesarios para lograr las metas culturalmente prescriptas) no se hallan al alcance de todos, sino que se distribuyen en función de la posición de clase social. Esto significa que se está en presencia de una sociedad contradictoria, injusta y conflictiva, pues anida en ella, una evidente disociación o contradicción entre la cultura (metas exigidas universalmente) y la estructura social (desigual disponibilidad social de las oportunidades), quedando así descartada toda correspondencia entre mérito, esfuerzo y recompensa. Los fines son los mismos para todos; los medios, en cambio, que se arregle cada uno como pueda. Esa dislocación es la que puede llevar a la anomia.

Sin embargo, hay sociedades donde hay cierto equilibro entre los objetivos y la capacidad de la gente para llegar a ellos. En una sociedad de esquimales, por ejemplo, en la que la meta socialmente impuesta sea, por ejemplo, ser una persona pacífica y ser buen pescador, no existen objetivos culturales que pueden conducir a un estado de anomia, como sí es el caso de la consecución de dinero.

Frente a la valoración de fines y medios, Merton planteó cinco categorías para clasificar el grado de interacción social. Estas categorías se refieren a la conducta social en tipos específicos de situaciones, no necesariamente a la personalidad de un individuo.

Conformidad: Es la adaptación mas común. Aquí son aceptados tanto las metas culturales como los medios institucionales para llegar a las primeras. Es la forma de conducta no desviada. La persona no cuestiona aquí la justicia del sistma social, sino que lo acepta, incluso si no tiene los medios para alcanzar los fines que le propone. Esto significa, básicamente, comportarse de manera conforme a las reglas.

Innovación: Es cuando los individuos aceptan las metas establecidas pero rechazan los medios para llegar a ellas. El innovador tiene la aspiración por el éxito económico, pero rechaza los medios legítimos para alcanzarlo por considerarlos inconducentes o  imprácticos, incorporando métodos ilegales para su consecución. Quienes van por la “plata rápida” son considerados por Merton “innovadores”. Esto está en contraposición a la criminología positivista de fines del siglo XIX (más claramente con el concepto de “delincuente patológico”) porque para Merton los delincuentes son normales: culturalmente normales. Quieren lo que quiere todo el mundo (lo que la cultura les impuso) pero tratan de conseguirlo de otra manera.

Ritualismo: La persona no aspira a la meta del éxito, frecuentemente porque está fuera de su alcance, pero respeta los medios legítimos. Es característico de individuos que viven en total control de todo lo que acontece en sus vidas, no toman excesivos riesgos ni aceptan tomar una decisión en donde no tengan todas las garantías y además estén completamente seguros de que van a conseguir lo que desean. Cartoneros, maestros y policías honestos de bajo rango pueden considerarse ritualistas.

Retraimiento: No se trata de una adaptación, sino tal vez una desadaptación al medio, ya que rechazan tanto las metas como los medios para hacer realidad los objetivos propuestos culturalmente. Es característica de algunos vagos, autistas, alcohólicos, algún viajero soñador y piojoso sin interés por otra cosa más que dormir bajo las estrellas, mantenidos de 35 años que no tienen real interés por generar ingresos ni trabajar, etc.

Rebelión: Son las personas que proponen instaurar un nuevo orden social, con metas diferentes y medios diferentes. Su objetivo es crear una sociedad nueva o modificar radicalmente la actual. Característico de actitudes revolucionarias.

Merton esboza algunas propuestas para mitigar las tendencias anómicas en su sociedad:

Incorporar metas alternativas al éxito económico para distintos estratos sociales. Así se obtendría una mayor correspondencia entre mérito, esfuerzo y recompensa, y se evitarían buena parte de las consabidas tensiones y frustraciones provocadas por el sistema, las que pueden derivar en comportamientos ilegales. Un ejemplo es proponer como meta social el desarrollo artístico, la ciencia o la solidaridad.

Sobre todo para los jóvenes, mejorar las oportunidades para alcanzar el éxito, especialmente las de educación y empleo, limitando simultáneamente el acceso a las oportunidades ilegítimas.

Estudio y diagnóstico permanente de las necesidades del sistema que van surgiendo, llevados a cabo por analistas expertos –especialmente sociólogos-, subordinados a los dirigentes económicos y políticos, encargados de la cobertura de dichas necesidades.



lunes, 27 de agosto de 2018

Movilidad Social 2003-2009

Nuevas tendencias ocupacionales en el período 2003-2009: significados de su impacto en el sistema de estratificación social y las pautas de movilidad



En vísperas del Bicentenario (2010), tras un intenso y sostenido período de crecimiento económico impulsado por un cambio de modelo de desarrollo económico-social (2003-2010), se produjeron transformaciones aceleradas en la estructura social argentina. Una de las dificultades para tratar de comprender la estructura social actual es que la misma no es fácil de descifrar en una “foto fija” porque combina las huellas de dos procesos sucesivos y netamente diferenciados:

1. Un proceso de carácter regresivo iniciado durante la dictadura (1976) y que perduró hasta la crisis de 2001, e implicó el aumento de la polarización social, la pauperización de algunos estratos de clase media y clase trabajadora consolidada y el crecimiento de un segmento marginal-precario en el interior de la clase trabajadora. El mismo significó no sólo un aumento de las desigualdades de ingresos, pautas de consumo y oportunidades de ascenso social en detrimento de las personas de origen social más bajo sino también un cambio en la subjetividad orientado a la naturalización de estas desigualdades.

2. Otro proceso de recomposición social, impulsado por un cambio de modelo del desarrollo económico, implicó una reversión de las tendencias socio-ocupacionales precedentes. Luego de la crisis económica del 2001- 2002, el Estado impulsó transformaciones en el modelo de desarrollo económico-social sosteniendo un tipo de cambio alto que favoreció la reactivación de las actividades vinculadas con el mercado interno, especialmente la industria.

La corriente de inmigración de países limítrofes hacia Argentina se mantuvo constante desde fines del siglo XIX a fines del siglo XX. En la década de 1970 aumenta su radicación definitiva en los grandes centros urbanos, en particular en el Área Metropolitana de Buenos Aires.

La devaluación de 2002 redujo muy fuertemente los costos laborales y aumentó la competitividad de la producción local, al tiempo que encareció las importaciones. En este marco, la sustitución de importaciones encontró, otra vez, un campo propicio para desarrollarse con rapidez. Esta orientación de la política macro-económica, sumada al precio alto de los productos exportables y, el crecimiento de las exportaciones de commodities y productos primarios semi-elaborados, impulsaron un crecimiento económico a tasas muy elevadas (alrededor del 9% entre 2003 y 2008) que impactaron sobre el mercado de trabajo revirtiendo las tendencias ocupacionales de los ‘90s.

El análisis de la evolución del empleo en el período 2003-2009 nos muestra el impacto favorable del cambio de modelo de desarrollo económico-social sobre el mercado de trabajo. La tasa de desocupación disminuyó progresivamente (pasando de 17,4% a 7,8% en el período) en un contexto de la expansión de la PEA. Se registró un aumento progresivo de los trabajadores registrados (con cobertura social) y la disminución del empleo precario. Los clasificados como “empleadores”, que pueden asimilarse a los propietarios de capital, aumentaron su número con un ritmo lento pero constante luego de la crisis de 2001-2002.

Al analizar la evolución de la mano de obra asalariada por rama de actividad en la etapa 2003-2008 se observa que el mayor crecimiento se dio en la Construcción (101,8%), seguida por los servicios financieros e inmobiliarios (52,7%), hoteles y restaurantes (50,3%), la industria manufacturera (35%), transportealmacenaje-comunicaciones (34,3%) y el comercio (33,4%). En todas las ramas se produjo un mayor crecimiento relativo del empleo registrado sobre el no registrado.

En cuanto a la distribución del ingreso, la masa salarial creció progresivamente en el período 2003-2009. En el 2003, el salario representaba el 34,3 por ciento del PBI, lo que implica que había caído 11% respecto de 1974. En 2008, alcanzó el 43,6 por ciento y en el 2009, a pesar de la crisis, llegó al 44,7 por ciento. En este punto, el cambio de orientación del Estado retomando algunas funciones de la política macro-económica de la ISI cumplió un papel importante. Entre ellas podemos destacar la regulación de precios (a través de subsidios al transporte y los servicios de luz, gas, agua) y su impacto en la transferencia de ingresos hacia segmentos de clase media y clase trabajadora, la protección del mercado interno y el papel de árbitro en la puja distributiva entre capital y trabajo reabriendo las negociaciones colectivas.

Por otra parte, otros indicadores basados en la distribución personal del ingreso (como el índice de Gini) muestran que el nivel de desigualdad disminuyó en el período 2003-2009. Sin embargo, el mismo, aún presenta un nivel alto, similar al de principios de la década de 1990, aunque con la diferencia que actualmente la tendencia va en dirección opuesta a la de aquel período. Esto sugiere que aún perduran los efectos de largo alcance del patrón distributivo que dejó como herencia la reestructuración social del neoliberalismo y que se requerirá un esfuerzo sostenido en el tiempo para mitigar esos efectos

Respecto del tamaño de los segmentos de clase y su capacidad económica, se puede conjeturar que crecieron y mejoraron su posición relativa en la estructura social amplias fracciones de las clases medias asalariadas, medianos y pequeños propietarios de capital y trabajadores cuenta propia. También lo hizo el segmento de clase trabajadora asalariado formal especialmente aquellos que se insertan en grandes empresas y están sindicalizados. Se trata de una recomposición parcial de la clase trabajadora consolidada. Sin embargo, un segmento importante de la clase trabajadora aún no ha podido salir de una situación de pobreza y precariedad laboral.

En relación a los canales de movilidad, en este período es muy probable que se haya mantenido la movilidad ascendente entre la clase media y media alta basada en la educación formal y empleos de alta calificación en el sector moderno de servicios altamente productivo y competitivo. Por su parte, los segmentos de clase media y media-baja conformados por docentes, empleados públicos, empleados de oficina de pequeñas y medianas empresas, mejoraron levemente su posición económica relativa en relación al período de crisis contribuyendo a abrir canales de ascenso para las personas de origen de clase trabajadora. El crecimiento económico y la expansión de ocupaciones asalariadas registradas, impulsó una movilidad estructural intra e inter generacional ascendente de corta distancia al interior de la clase trabajadora y la clase media. Fundamentalmente los que accedieron a un empleo estable y calificado en las grandes industrias: petroquímica, siderurgia, minería, automotrices y empresas de servicios. Para los trabajadores cuenta propia y asalariados no registrados, pertenecientes a los segmentos más bajos de la clase trabajadora, la salida de la crisis del 2001-2002 implicó una cierta mejora de sus ingresos.


La recuperación del trabajo, aunque sea precario, implicó efectos favorables en la organización y reproducción de la vida cotidiana. En esta línea, la Asignación Universal por Hijo, aplicada recientemente, va a mejorar su posición económica relativa, no obstante, para este segmento de clase todavía no se han abierto canales de movilidad ascendente efectiva. Actualmente, en las vísperas del Bicentenario, se abrió un debate acerca de profundizar el modelo económico-social incrementando la participación estatal en el desarrollo económico o retraer su papel interventor y abrir más espacio para el mercado y aplicar políticas de ajuste.

*Adapatado de: Dalle, Pablo (2010) "Estratificación social y movilidad en Argentina 1870-2010"

Pierre Bourdieu, capitales y el espacio social

Pierre Bourdieu, capitales y el espacio social

Bourdieu habla de capital para referirse a todo aquello que pueda entrar en las "apuestas" de los actores sociales, un "instrumento de apropiación de las oportunidades" o toda "energía social" susceptible de producir efectos en la competencia social.
El capital, en definitiva, para Bourdieu se puede entender como cualquier tipo de recurso capaz de producir efectos sociales. Esto no implica solamente el capital material (el trabajo cosificado en objetos materiales, representable en dinero), sino que considera como capital también a todo aquello que pueda valorizarse. Todo puede valorizarse en la medida que haya alguien dispuesto a valorarlo, a apreciarlo, a reconocerlo.

Espacio Social 

El volumen (total) de capital

Es la cantidad total de capital, como recursos utilizables. Es el eje vertical del espacio social, y se puede hablar de distintas clases sociales en función de la cantidad total de capital de que disponen y de su composición. A grandes rasgos, la suma de capital económico más capital cultural.
La estructura o composición del capital
El capital puede presentarse en distintas formas: capital económico, cultural y social, siendo la combinación entre ellas su estructura o composición. Es el eje horizontal del espacio social. Excepto el capital económico, las formas de capital están fuera del mercado puramente económico: por lo general, no pueden venderse ni transferirse directamente.
Pero tanto el capital cultural como el social pueden buscarse por los beneficios monetarios que reportan (estrategia más frecuente), aún a costa de cierta devaluación. Ejemplos de esto podrían ser: "sólo estudian en la universidad para encontrar trabajo y ganar dinero", "sólo tiene amigos por el interés". Veamos a continuación con más detalle las formas económica, cultural y social del capital.
1- El capital económico es el reconocido socialmente como capital, es decir, como medio para ejercer el poder sobre recursos o personas (apropiación de bienes y servicios) claramente objetivado y representable en dinero.
La objetivación y el reconocimiento universal facilitan su conversión en otras formas de capital luego de cierto tiempo. Ejemplo clásico de esto es la conversión de capital económico en capital cultural al ir a una universidad privada. O la conversión de capital económico en capital social haciendo los regalos indicados a las personas indicadas. Para esto es necesario contar con tiempo que no esté sujeto a la necesidad económica, tiempo libre, tiempo de no trabajo.
El capital económico se expresa a través del equivalente dinero, símbolo establecido para su representación.
2- El capital cultural puede presentarse en tres formas: incorporado a las disposiciones mentales y corporales, objetivado en forma de bienes culturales, y por último, institucionalizado, al estar reconocido por las instituciones políticas, como ocurre con los títulos académicos. Cuanto más objetivada esté la forma del capital, más fácil es su conversión en capital económico.
2A- El capital cultural incorporado es el más intransferible, está "hecho carne", es el saber, la forma de hablar, de andar, de saber hacer uso de las modas para siempre resultar elegante, distinguido..., el saber comportarse en las más variadas situaciones, y todo de forma no deliberada, no consciente, para no resultar pedante, pretencioso, hortera o cursi (por señalar algunos resultados de su búsqueda calculada). Por tanto, es una forma de capital sujeta a los límites del cuerpo físico de su poseedor, que no puede circular, es decir, no puede venderse.
2B- El capital cultural objetivado, no está formado sólo por los bienes culturales, propiamente dichos, que podrían estar almacenados en las cajas de seguridad de un banco (como hacen algunas empresas de inversión), y que por tanto serían puro capital económico. Consiste en disponer de los "medios de consumo" de esos objetos culturales, de las disposiciones y conocimientos que permitan apreciarlos de forma legítima. Ejemplos de esto son el piano en la casa, los cuadros, los viajes a Europa y las visitas a museos.
2C- Por último, el capital cultural institucionalizado se asemeja a un título de una propiedad intransferible, pues certifica un valor homogéneo para todos los que lo poseen. Títulos escolares, universitarios, terciarios y certificados personales. Es posible su conversión en capital económico, como ocurre en la relación entre titulación académica y las escalas de funcionarios. No tiene por qué reflejar el conocimiento real, sólo lo certifica, lo pone en una cartulina con un sello y un par de firmas. Ejemplo de lo dicho es la charla en la que el expresidente argentino y abogado Adolfo Rodríguez Saa escribió “petrolio” y “ferrocariles”.
3- En cuanto al capital social, siguiendo el mismo texto de Bourdieu, la suma de recursos efectivos o potenciales de que se dispone por pertenecer a un grupo, por la red social más o menos institucionalizada de que se disfrute. Su volumen dependerá del tamaño de la red de conexiones que pueda movilizar y del volumen de las otras formas de capital que ese grupo posea. Pueden ser amigos más o menos íntimos o miembros de un club con rígidas normas de acceso, siendo la nobleza -en épocas premodernas- la forma más institucionalizada de capital social. Formas en que las familias intentan mantener o aumentar su capital social son mandar los hijos a determinada escuela, pasar las vacaciones y ratos de ocio en determinados lugares... de manera que los contactos más probables sean con personas de una posición social equivalente o superior. Hace algunos años no era raro que las familias manden a las hijas a un club medio chetón como River o Ferro para que se enganchen a algún militar o a un tipo de guita.
En los países de capitalismo avanzado, hay dos especies de capital que jerarquizan la estructura social de sus sociedades: el capital económico y el capital cultural.
Por ejemplo, en las sociedades capitalistas, la clase dominante, la que dispone de mayor volumen de capital, se compone de al menos dos fracciones de clase: aquellos con más capital económico (los empresarios) y aquellos con mayor capital cultural (como los artistas).
Como principios de jerarquización, ambas formas de capital son independientes y opuestas. Independientes, en tanto que la acumulación de uno de ellas no supone necesariamente la acumulación de la  otra. Opuestas, porque aquellos con un gran volumen relativo de una de las dos especies de capital no reconocen como superiores o iguales a aquellos que poseen un gran volumen relativo de la otra especie de capital. Esto quiere decir que quienes acumulen grandes cantidades de capital económico (como el hijo de Caniggia) pueden no dar gran valor a un elevado capital cultural (como un catedrático universitario) y viceversa.
Sobre el espacio social definido por el capital, el sociólogo puede agrupar a los individuos que estén próximos y sean iguales en las características pertinentes de lo que esté estudiando. De esta forma, hacia el interior de una clase social podemos encontrar diferentes fracciones de clase si su capital total tiene una composición mayoritariamente económica o cultural.